En momentos críticos de la pandemia sentí una profunda ruptura del estancamiento, una especie de empujón a no quedarme congelada por el miedo, una fuerte sacudida de la inocencia originaria, donde muchas de las cosas que pensábamos ser imprescindibles pasaron a un segundo plano, lo que para muchos era verdaderamente importante, cambió. La salud pasó a ser algo sagrado, la familia y los amigos se convirtieron en fuente de curación, el perdón hacia lo que guardábamos con rencor en nuestra alma fue perdiendo fuerzas, la Fe, que muchos llamaron optimismo o positividad nos sirvió de aliento al creer que lo peor pasaría y que todo iba estar bien. Todo esto hizo que a pesar de lo vivido la esperanza nunca abandonara nuestros corazones.
La pandemia me regaló el transformar con el corazón lo oscuro del mundo y convertirlo en bondad, en benevolencia y altruismo. El ejercicio de entrar dentro de mí, de reconocer mi pensamiento mágico, donde reina la pureza, donde mi alma danza a través de movimientos puros, donde precisamente es desde el corazón que nace la empatía, la perseverancia y la voluntad de cambiar mi forma de pensar y actuar, porque creo firmemente que en el conocimiento de sí mismo está el poder de la resiliencia, de fluir como el agua en tiempos de incertidumbre. Confirmo por enésima vez que la inteligencia emocional nos permite conocer nuestras propias emociones y la capacidad de estudiar la conducta del mundo, para poder ayudar a sanar las heridas que esta pandemia ha dejado en mí y los demás.
Gracias a la vida por permitirme crear transformando con el corazón, un espacio seguro, donde reina la solidaridad, la paz, la tolerancia, la luz y el bien. Espero el próximo año con los brazos abiertos, entusiasmada de ver este proyecto florecer y convertirse en algo hermoso.

